La Violencia Interiorizada en la Mujer. Casilda Rodrigáñez Bustos.
Entender la violencia interiozada a lo
largo de nuestra socialización patriarcal, significa tomar conciencia de
la mujer que quedó perdida en los orígenes y que vive la sombra
de nuestra cultura. Estamos solamente empezando a darnos cuenta de las
consecuencias de la desaparición del amor materno, del cuerpo a cuerpo
con la madre, que reclamaba Luce Irigaray (2), así como las de la
ausencia del orden simbólico de la verdadera madre que plantea
Luisa Muraro (3). Creo que es necesario añadir a la ‘madre’ el adjetivo
verdadera para oponerla a la madre impostora que es una función del
padre f(p) (Victoria Sau) (4). Porque esta madre patriarcal sí tiene un
orden simbólico que actúa en nuestra sociedad conformando precisamente
la impostura, la maternidad como función del padre; un orden simbólico
en cuyo centro está la virgen María, esclava del Señor, que concibe por
obra y gracia del Espíritu Santo, sexualmente aséptica, y que ofrece el
sacrificio de su hijo al padre: nuestra señora de las Angustias, de los
Dolores… en fin, la representación del papel de esposas sumisas,
sexualmente pasivas, víctimas y sufridoras de nuestra civilización
patriarcal. El orden simbólico de esta falsa madre existe y es muy
poderoso. En cambio, la verdadera madre no tiene representación
simbólica, ni referentes culturales (salvo si nos remontamos ala
matrística, a algunas civilizaciones neolíticas).
Nuestra socialización en el Patriarcado
es una adaptación a un orden sexual que desvaloriza, desprecia y niega
nuestros cuerpos, así como nuestra forma específica de existencia; se
trata de una prohibición sistemática de todo un desarrollo libidinal y
sexual de la mujer, de toda una vida, que quedaría fuera del radio de
acción del falocentrismo, en torno al cual está construido este orden
sexual. Recuperar nuestros cuerpos y nuestrasexualidad es una tarea de
enorme envergadura y de enorme urgencia.
Falocentrismo, como la propia palabra
indica, quiere decir que el falo es el centro de la sexualidad; que toda
la sexualidad se orienta y gira en torno al falo, el cual es el objeto
de todas las pulsiones, de todo el deseo, capaz de atraer y absorber el
conjunto de la energía erótica de la mujer. Este mensaje lo vamos
interiorizando desde que nacemos, desde el momento en que, como dice Lea
Melandri, nuestra madre no está ahí como mujer con su cuerpo de mujer
en gestación extrauterina, sino como mujer del hombre para el hombre.
Al negarnos su cuerpo, niega todo el caudal de energía erótica y toda la
sexualidad no falocéntrica de la mujer. Y aprendemos a percibirnos a
través de la mirada del hombre; y también a desvalorar nuestro cuerpo.
Esto es el núcleo básico, el germen inicial de una socialización que
será devastadora de nuestros cuerpos y de nuestra energía sexual; no
sólo porque de niñas y de adolescentes nos ‘perdemos’ todo un desarrollo
no falocéntrico de nuestra sexualidad –danzas del vientre en tierra, en
el agua- sino porque nuestro cuerpo adulto ha somatizado toda esa
represión; se ha hecho un cuerpo acorazado y tieso con un
útero inmovilizado, sin haber desarrollado su sistema erógeno; y además ha interiorizado la des-valorización y el desprecio del propio cuerpo, origen de toda la misoginia, el caudal de emoción envenenada que alienta la sociedad patriarcal.
útero inmovilizado, sin haber desarrollado su sistema erógeno; y además ha interiorizado la des-valorización y el desprecio del propio cuerpo, origen de toda la misoginia, el caudal de emoción envenenada que alienta la sociedad patriarcal.
Según vamos creciendo, ya con toda la
presión social, se va asentando en nuestras mentes una percepción que
infravalora y deforma nuestros cuerpos y su potencial erótico, aceptando
que es normal que la regla nos duela todos los meses, que estar
embarazada es una pesadez y una lata por lo que hay que pasar para tener
un@ hij@, y que el parto es un mal trago que sólo gracias a la epidural
y a la medicina se palia un poco. Nos han robado nuestra capacidad
erótica, quedando además fuera de nuestra conciencia y de
nuestra imaginación , lo que de hecho es nuestro cuerpo y su sistema
erógeno, con todo su enorme potencial de placer y sexualidad, que quedó
atrás en el Paraíso matricéntrico del que fuimos expulsadas, desterrado
en el Hades o condenado al Infierno.
La sexualidad de la mujer (a diferencia
de la del hombre) no es uniforme, no es siempre la misma; a lo largo de
su vida, las mujeres pasamos por diferentes ciclos y estados
sexuales, de diferente orientación e intensidad libidinal. El equilibrio
emocional, tanto psíquico como orgánico que sostiene nuestros cuerpos
es un proceso ondulante, cíclico. Por eso la luna, que aparece en el
cielo cambiando de forma cíclica, ha sido siempre un símbolo de
la femeneidad. Y sin embargo funcionamos como si nuestra producción
sexual y libidinal, fuese algo rectilíneo y siempre la misma; también
semántica y simbólicamente, el conceptonormal de sexualidad se refiere
sólo a una sexualidad adulta y falocéntrica. (5)
Y sin embargo, no es el mismo estado
sexual ni el mismo equilibrio hormonal el que tiene la mujer cuando
ovula que cuando menstrúa. También es diferente el estado de la
mujer grávida de la que no lo está, ni el de la mujer en el parto, o
durante la gestación extrauterina, o a lo largo de una lactancia
prolongada, o cuando vivimos la pasión amorosa con un hombre o con otra
mujer. Hemos perdido, a lo largo de la socialización patriarcal,
la percepción del estado cambiante de nuestro cuerpo, de cómo lo
sentimos, de nuestros diferentes flujos y de sus olores (¡ay las
malditas colonias!). ¿Cómo se produjo la alineación sexual?
Hace 4 ó 5 mil años, el Poder de un
colectivo de hombres creó una sociedad basada en el sometimiento de la
mujer. Este sometimiento incluía de una manera muy especial,
su sometimiento sexual; es decir, se creó una sociedad basada en la
violación sistemática de los deseos de la mujer. Independientemente de
que esa violación en la práctica fuese más o menos forzada o violenta,
según los momentos, poco a poco se consigue que el deseo de la mujer
deje de ser relevante, hasta que se anula, desaparece y se limita a la
complacencia falocrática. Las mujeres perdieron sus costumbres, sus
reuniones, sus bailes voluptuosos; perdieron la libertad de su cuerpo y
la conciencia del mismo, sus baños sensuales compartidos entre hermanas,
madres, tías, abuelas…., el cuerpo a cuerpo con sus criaturas…
perdieron la maternidad nacida del deseo e impulsada por el placer. San
Agustín lo dijo en una frase Dadme otras madres y os daré otro mundo; lo
sabían y no pararon hasta que lo consiguieron. El deseo sexual en la
mujer pasó a ser considerado lascivo y deshonesto. Como dice la Biblia,
las buenas esposas debían sentir vergüenza hasta de su marido; como
madres patriarcales tenían la misión de introyectar el pudor y el recato
en las hijas, convirtiéndose en la garantía de la paralización de todo
atisbo de producción deseante, del deseo sexual de las futuras
generaciones de mujeres. Se cortó de raíz el valor del cuerpo femenino y
el desarrollo natural de la sexualidad de la mujer.
Por ello la mujer empezó a taparse con
velos y a andar tiesa como un palo. La mujer cambió la forma de
sentarse: dejó de sentarse en cuclillas (como podemos todavía ver
en documentales de culturas no occidentalizadas), o en asientos bajos
con las piernas abiertas (las rodillas dobladas casi a la altura del
pecho, y el sacro a la altura de los tobillos) recubiertas por sus
amplias faldas, tal y como vemos, entre otros, en los mercadillos
de ciertas partes de la India. Las costumbres sobre las posturas forman
parte de la educación en el orden sexual, puesto que hay que paralizar
todo lo que se pueda los músculos pélvicos y los uterinos, para que
nuestro vientre no se estremezca ni palpite.
Quizá hoy nos cueste entender lo de los
velos que tapan la cara. Podemos preguntarnos, ¿qué necesidad hay? La
respuesta la encontré en un hamman de la medina de Fez. Iba con una
amiga y al entrar nos quedamos paralizadas. Era una estancia cuadrada,
llena de vapor de agua; en el suelo -de cemento con tragaderas de agua-
estaban sentadas, en varios corros, mujeres de todas las edades; estaban
desnudas y se echaban agua unas a otras, se frotaban, se daban henna,
se ofrecían gajos de naranja que allí mismo pelaban…Ancianas, mujeres
maduras, mujeres jóvenes, algunas con bebés, y niñas,
charlaban, sonreían y reían. Creo que lo que nos conmocionó fueron sus
risas, su modo de hablar con una euforia espontánea y la vitalidad de
sus rostros; algo distinto a lo que estamos acostumbradas. No
entendíamos nada de lo que hablaban, pero en sus gestos y en su modo de
hablar había una complicidad voluptuosa y una intimidad que nos hizo
sentirnos
intrusas, como si estuviésemos violando la intimidad de alguien.
intrusas, como si estuviésemos violando la intimidad de alguien.
Una mujer de mediana edad, al darse
cuenta de nuestro azoramiento, se levantó y se acercó a nosotras; nos
indicó que nos desnudásemos y que la siguiéramos. Atravesamos
la estancia y pasamos a otra y luego a otra. En las otras estancias,
había igualmente mujeres lavándose y charlando, cada estancia con más
densidad de vapor; pues en la última estancia había un pilón rectangular
al que caía un gran chorro de agua hirviendo, que producía el vapor.
Nuestra mujer cogió dos cubos y los llenó de agua caliente,
añadiendo fría hasta conseguir la temperatura adecuada y nos empezó a
echar agua por encima con toda delicadeza; nos indicó que nos echáramos
jabón si queríamos, y así fue como aquella desconocida nos ayudó a
bañarnos. No sólo no nos miraron como intrusas ni nos hicieron el vacío,
sino que fuimos invitadas a compartir el baño.
Fuera, las mujeres todas tapadas,
inaccesibles. Y sin embargo, todas las tardes de 3 a 8, allí se reunían y
se expandían (luego también pude observar que se reúnen en los
terrados de las casas, que se comunican entre sí, de manera que sin
tener que salir a la calle pueden ir de una casa a otra). No he visto
nunca en nuestra democrática sociedad de mujeres ‘liberadas’ una reunión
semejante de semejantes mujeres, porque sobre todo, nunca he vuelto a
ver este tipo de mujeres… no sé, tan distintas, tan vivas. Entendí
entonces por qué el mundo musulmán es un modelo de sociedad patriarcal
que mantiene más represión exterior para las mujeres; sencillamente
porque están muy lejos de tener la autorrepresión necesaria, de haber
interiorizado como nosotras la represión de nuestros cuerpos y
de nuestros deseos. No tienen nuestras corazas y tienen una percepción
de sus cuerpos que creo que desconocemos en nuestra sociedad.
Esa sensualidad era visible en el brillo
de sus ojos, en la sonrisa, en las arrugas de sus caras, en la suavidad
y al mismo tiempo firmeza de los gestos de sus manos… ¡claro que tienen
que llevar velos y cubrirse la cara! para que no se vea lo que no debe
de verse: lo que en nuestra sociedad se borra con el acorazamiento
muscular que se produce a lo largo de nuestra educación. Vamos, pues,
viendo la importancia de la violencia interiorizada, de
la autorrepresión de nuestros cuerpos.
Pensemos un sólo instante en la imagen
de mujer que nos venden en la televisión y en todos los medios
audiovisuales que uniformiza la diversidad y que aplasta todo atractivo
que no sea lo que están definiendo. Quizá conviene saber que la mujer
para producir estrógenos, una de nuestras hormonas sexuales, necesitamos
que un 20 % del peso total de nuestro cuerpo sea tejido adiposo (esto
lo dicen los libros de texto de antropología física). No hay más que ir
al Corte Inglés y comparar los maniquíes con las mujeres de carne y
hueso que abarrotan los departamentos: no se parecen en nada, no hay
mujeres con esas caderas estrechas y casi sin pecho. En lo que más nos
parecemos a los maniquíes es en la expresión de los ojos, casi tan
faltos de vida como la de los cuerpos inertes de cartón
piedra. Interiorizar que nuestros cuerpos sólo valen para gustar a los
hombres es una violencia que destruye el enorme potencial que tenemos. Y
todo porque, como dice Melandri, carecemos desde el nacimiento de la
madre, del cuerpo de mujer que es el entorno adecuado para responder a
toda la producción amorosa propia de nuestra condición humana; no hay
reciprocidad ni humanidad donde pueda fluir y expandirse toda esa producción; entonces con tanto anhelo de amor que no cesa de frustrarse, con tanta ansiedad por amar y ser amadas, concentramos todas nuestras fuerzas en hacer lo que sea para adaptarnos a la norma que establece lo que hay que ser, y lo que hay que dejar de ser, para tener esa aceptación y ese amor que nos es imprescindible para vivir. Sin embargo, todo está tan ritualizado y normalizado, que sólo se perciben los procesos más visibles de esta autodestrucción, como la anorexia y la bulimia, pero que son sólo una de las puntas del gran iceberg que es preciso determinar y conocer.
reciprocidad ni humanidad donde pueda fluir y expandirse toda esa producción; entonces con tanto anhelo de amor que no cesa de frustrarse, con tanta ansiedad por amar y ser amadas, concentramos todas nuestras fuerzas en hacer lo que sea para adaptarnos a la norma que establece lo que hay que ser, y lo que hay que dejar de ser, para tener esa aceptación y ese amor que nos es imprescindible para vivir. Sin embargo, todo está tan ritualizado y normalizado, que sólo se perciben los procesos más visibles de esta autodestrucción, como la anorexia y la bulimia, pero que son sólo una de las puntas del gran iceberg que es preciso determinar y conocer.
Según algunos textos de la Antigüedad,
la virginidad no era sinónimo de castidad. A menudo las vírgenes fueron
representadas con la imagen de la sirena, una mujer la mitad para abajo
con forma de pez, que no podía tener relaciones coitales con varones,
pero que bailaban la danza del vientre en el agua y nadaban
voluptuosamente como los delfines; las mujeres vírgenes no habían tenido
todavía relaciones con hombres, pero habían desplegado su sexualidad
desde la etapa primal, habitando y compartiendo el cuerpo de sus madres
y de otras mujeres, sus juegos y sus danzas. La antropología indica que
las danzas del vientre femeninas son universales, y se han producido en
las culturas antiguas de todos los continentes. Lo que creo de las
mujeres del hamman de Fez es que, simplemente, había en ellas vestigios
de una vitalidad femenina desaparecida en el mundo occidental.
Cuando la civilización occidental empezó
a reconocer ‘científicamente’ la sexualidad, la mujer lleva milenios
arrastrando un cuerpo al que se le cortan las raíces desde el comienzo
de su crecimiento, lo mismo que a un bonsai. Por eso Freud dice que el
sexo femenino no existe y que la mujer es un varón sin sexo, castrado. Y
sin embargo, el mismo Freud reconoció que había algo que se le
escapaba… aquello del continente negro inexplorado… Incluso llegó
a precisarlo:
El conocimiento de una época pre-edípica
en la mujer ha provocado en nosotros una sorpresa similar a la que, en
otro campo, suscitó el descubrimiento de la civilización
minoico-micénica anterior a la civilización griega. Todo, en el ámbito
de la primera vinculación con la madre, me parece difícil de captar
analíticamente, oscuro, remoto, sombrío, difícil de devolver a la vida,
como si hubiera caído bajo una represión particularmente inexorable. (6)
También nuestro punto de partida fue el
desconcierto producido por la experiencia de nuestras maternidades, toda
una cadena de sensaciones y de emociones que no cuadraban con la noción
en vigor de la misma. Poco a poco, una serie de datos que teníamos en
la mente, empezaron a establecer contacto entre sí, como las piezas de
un puzzle que sueltas no significan nada, pero que al encajar unas en
otras ofrecen una imagen nítida… Pero no es un puzzle cualquiera, se
trata de juntar las piezas de nuestro cuerpo, de recomponerlo…
Una de las primeras ‘pistas’ que nos
ayudaron a modificar la conciencia de nuestro cuerpo, fué el enterarnos
de que (7) ‘histeria’ venía de ‘hysteron’ (en griego, ‘útero’); y que en
la Grecia antigua, la mujer frígida era la que tenía el hysteron
paralizado en la parte superior de la cavidad pélvica. Para curar la
frigidez (la ‘histeria’) hacían inhalar a las mujeres ciertassustancias o
drogas (8).
Platón, Hipócrates, etc. dejaron
escrito, con intención más o menos peyorativa, que había algo que se
movía dentro del vientre de la mujer, como un animal errante, para
acabar definiendo al útero como un animal que habitaba dentro de otro
animal. Animal que después fue convirtiéndose en bestia y en monstruo
(9).
En cambio, en las culturas
prepatriarcales neolíticas de la Vieja Europa (10), el útero
se representaba como un pez (y las sirenas cuya voluptuosidad era la
gran tentación de los héroes, eran mitad mujer y mitad -la mitad
inferior- pez).
Otras veces también se representaba el útero con una
rana, al igual que en algunas culturas pre-colombinas, donde la rana
simbolizaba el útero femenino, porque el palpitar del útero femenino era
similar al palpitar del cuerpo de la rana (11). La serpiente es otra
clave simbólica, porque fue el símbolo más representado de la
voluptuosidad femenina, que luego fue convertido en todo tipo de
monstruos demoníacos y dragones, que representaban la satanización de
la sexualidad femenina, la lascivia, el ‘mal femenil’ bíblico por el que
entra el mal en el mundo.
También nos encontramos con que Masters y
Johnsons (12) aseguran que en el orgasmo femenino se producen
‘contracciones’ uterinas; sin duda esto tenía que ver con aquello de que
para los griegos antiguos la mujer frígida era la que tenía su útero
inmovilizado…
Y Juan Merelo-Barberá, en su libro
Pariras con placer (13) dice que el útero es nuestro principal órgano
erógeno, que la mujer está socializada en una ruptura psicosomática
‘útero-conciencia’, y que por eso parimos con dolor.
No es casualidad que la maldición divina
de parir con dolor está asociada a la dominación del hombre sobre la
mujer, porque en esa dominación está incluida la desaparición de
toda expresión de sexualidad femenina que no sea la de la complacencia
al falo. La información de Bartolomé de las Casas (14), y otras que nos
han llegado de mujeres que parían sin dolor, es otra pieza del puzzle
que encaja, pues ¿cómo no causar perplejidad, conociendo nuestro parto
actual tan doloroso, la existencia de mujeres que paren sin dolor?
Frederick Leboyer (15) nos habla de
nacimientos sin violencia, de bebés que nacen sonriendo, de mujeres que
abren su útero con tiernos latidos (en lugar de con calambres
y contracciones espasmódicas), tierna y placenteramente, avanzando hacia
el éxtasis.
Las mujeres de la India (16) visualizan
los pétalos de la flor de loto abriéndose para abrir el canal del
nacimiento, un abrir suave, sin violencia alguna; claro que no se les
ocurre ponerse a parir en decúbito supino, en medio de focos, entregadas
a las órdenes de las autoridades médicas. Porque el parto, como todo
acto sexual, requiere intimidad para que el cuerpo pueda abandonarse a
la emoción y a la relajación. El desconocimiento de nuestro cuerpo y la
pérdida de la confianza en él, junto con el miedo inculcado, nos hace
hacer todo lo contrario de lo que el parto requiere; contraídas, llenas
de miedo, entregamos nuestra confianza a las autoridades de la Medicina,
que -cesáreas aparte- no pueden saber ni hacer lo que sólo el cuerpo
sabe cómo y cuándo hacer. El decúbito supino es una posición contraria
al parto; el canal de nacimiento se estrecha y se alarga, además la
posición horizontal va en contra de la fuerza de gravedad, y sobre todo,
la mujer no puede hacer fuerza con los músculos pélvicos; en cuclillas,
el canal de nacimiento se acorta y la salida va a favor de la fuerza de
la gravedad, y podemos hacer toda la fuerza que podamos con
nuestros músculos pélvicos. Parir en decúbito supino supone alargar el parto, poner dificultades al avance del bebé, facilitar el atasco y la falta de oxígeno; es tan absurdo como defecar en esa posición. Sólo tiene una lógica: la manipulación médica y agravar el sufrimiento de la madre y del bebé. Obligar a la mujer a parir en esa posición es una violencia gratuita e innecesaria; es la imagen de la sumisión y de la negación de nuestros cuerpos.
nuestros músculos pélvicos. Parir en decúbito supino supone alargar el parto, poner dificultades al avance del bebé, facilitar el atasco y la falta de oxígeno; es tan absurdo como defecar en esa posición. Sólo tiene una lógica: la manipulación médica y agravar el sufrimiento de la madre y del bebé. Obligar a la mujer a parir en esa posición es una violencia gratuita e innecesaria; es la imagen de la sumisión y de la negación de nuestros cuerpos.
Las mujeres de ciertas regiones de
Arabia Saudita, conocedoras de la sexualidad del parto, forman corro
alrededor de la parturienta bailando la danza del vientre,
hipnotizándola con sus movimientos rítmicos ondulantes para que también
ella se mueva a favor del cuerpo en lugar de moverse contra él (17).
Juan Merelo-Barberá en el libro antes
citado recoge un estudio realizado sobre partos orgásmicos, asegurando
que son mucho más frecuentes de lo que nos imaginamos. Aunque la cultura
patriarcal lo niegue, la maternidad forma parte de nuestra sexualidad.
Como lo prueba otro importante
indicador, la oxitocina (18), la hormona que segregamos en todo proceso
de excitación sexual, por eso llamada hormona ‘del amor’; pues bien
la oxitocina es lo que emplea la Medicina para forzar los partos, es el
oxitócico que nos ponen en el ‘gotero’ para acelerar o desencadenar las
famosas contracciones y dilatar el cuello del útero. No han encontrado
otra cosa, porque el parto natural es un acto sexual durante el cual la
madre y el bebé segregan esa hormona para producir el movimiento del
útero que conduce al nacimiento. También se ha demostrado que la
eficacia de la oxitocina depende de su pulsatilidad (19), de su
secreción rítmica, porque cuando se segrega naturalmente durante el
proceso emocional , se segrega rítmicamente, en oleadas, como el placer.
¡Vaya diferencia! Un útero que en lugar
de contraerse espásticamente, produciendo el terrible dolor del
calambre, palpita como un corazón, y su latido es una ola de placer que
le hace moverse suavemente como una ameba, estirándose y descendiendo,
aflojando y distendiendo los músculos del cervix, hasta la famosa
apertura de los 10 cm..
Por cierto, que en la Antiguedad, en las
orgías Eleusíacas (20) ingerían oxitocina por medio del hongo llamado
‘cornezuelo’ del centeno como afrodisíaco; a diferencia de ahora, que
nos lo inyectan en vena produciéndonos dolorosos calambres en el útero.
El útero no es otra cosa que una bolsa
hecha de tejido muscular, conectada al sistema nervioso voluntario e
involuntario (21), perfectamente diseñado para su función, pues
el tejido muscular tiene la cualidad de ser dúctil, flexible, capaz de
la relajación y de la distensión, y al mismo tiempo de la mayor dureza…
en definitiva, fuerte para proteger y sostener un peso de 10 Kgs. contra
la fuerza de la gravedad, ideal para gestar un embrión en el interior
de la madre, protegiéndole y nutriéndole… ¡y qué magnífico invento, el
del dispositivo de salida!, ese haz de fibras musculares que es el
cervix, que cierra firmemente y se distiende cuando se relaja,
suavemente, sin producir ningún sufrimiento al bebé, con las olas del
placer que produce el latido del útero.
Pero un músculo que se inmoviliza pierde
su flexibilidad. Cuando nos escayolan una pierna y nos la inmovilizan
tan solo un mes, luego tenemos que hacer ejercicios de
rehabilitación para recuperar su función… imaginemos lo que sería que
nos atasen un brazo de niñas, que creciéramos sin saber que tenemos un
brazo y para qué sirve, y que luego de mayores nos lo soltasen y nos
dieran una azada y nos pusieran a cavar… Cuesta mucho recuperar
la función de un músculo que ha estado inmovilizado, y si se le fuerza,
duele; y como duele,nos contraemos y procuramos no moverlo; y por eso
hay que usar goteros y dilatar el útero con calambres. Leboyer (15)
afirma que el dolor de las contracciones del parto, que se supone
normales, son ‘calambres’, que se producen cuando los músculos se
agarrotan y no se distienden, y asegura que las famosas contracciones de
dilatación que se califican de ‘adecuadas’, son “altamente
patológicas”; y añade: “¡vaya revolución en ciernes!”. Aquí tenemos la
explicación de por qué la paralización de la sexualidad femenina está
asociada al parto con dolor. Tan sólo teniendo en cuenta las reglas y
los partos dolorosos, ¡cuánto sufrimiento ha producido y produce la
violencia interiorizada, la negación de nuestra sexualidad!
La psicoanalista y sexóloga francesa
Maryse Choisy (22), después de diez años de trabajo con cuestionario,
ofrece una perspectiva sobre el orgasmo femenino que rompe la
tradicional dicotomía ‘orgasmo vaginal-orgasmo clitoridiano’. El orgasmo
más global e importante de la mujer, afirma, no es ni vaginal ni
clitoridiano; apretando los muslos o los glúteos firmemente (las
mujeres) alcanzan un tipo de orgasmo que arranca en el centro de su
cavidad pélvica, en algun punto muy profundo de su interior, y se
expande por todo el cuerpo… pues el verdadero orgasmo femenino es
cérvico-uterino, o tiene su origen en él… Por eso las sirenas, las
mujeres-pez, eran el símbolo de la voluptuosidad no falocéntrica de la
mujer; una sirena no puede tener relaciones coitales.
Inmediatamente después del parto la
mujer tiene las descargas de oxitocina más importantes de toda su vida
sexual (18), además de otras sustancias opiáceas, como las endorfinas,
para producir la interdependencia libidinal y el acoplamiento de la
gestación extrauterina, el único periodo realmente simbiótico de nuestra
vida. La atracción libidinal, (23) entre madre y bebé produce y
mantiene el estado de simbiosis, un nuevo estado sexual de la mujer, tan
placentero y gratificante para la mujer como para el bebé. Se trata de
la carga (o catexia) libidinal mayor de toda la vida humana, porque debe
mantener la atracción mutua de la simbiosis, confirmando lo que ya dice
el indicador hormonal. Y aunque ahora podamos sobrevivir con leche y
calor artificial, la líbido y el contacto físico, piel con
piel madre-criatura, sigue siendo necesaria para la producción de muchas
sustancias químicas, enzimas etc. de las que depende la formación de
las sinapsis neuronales, del sistema inmunológico, digestivo, etc (24).
Lo peor no es que el pezón que chupamos sea de plástico,sino el cuerpo
que falta detrás del chupete o del biberón.
Hay un momento muy importante
inmediatamente después el alumbramiento, en el que se producen en la
mujer grandes descargas hormonales y de sustancias opiáceas destinadas
a organizar la díada madre-criatura, y que recibe el nombre de impronta
(18). Hoy se interrumpe este proceso con la excusa de lavar al bebé o de
examinarle; en otros tiempos se interrumpía con otros ritos y
creencias, como que el calostro es malo y no debe ser ingerido, o que la
mujer quedaba impura y no debía dar de mamar hasta la ‘purificación’,
etc. La madre se traga todas esas descargas hormonales (luego vienen las
depresiones post-parto) y retoma el bebé por la vía del amor que sale
del corazón y no del vientre.
Perturbar la impronta es una negación de
la sexualidad femenina, uno de los estados de mayor placer de nuestras
vidas. Se trata de sustraer a la madre la pasión del amor
materno visceral, para convertirla en una madre impostora que reprime e
inculca a su prole la resignación y la sumisión emocional, produciendo
los hij@s para el padre: esclavos y esclavas resignad@s; y también el
acorazamiento para hacer guerreros crueles y nuevas madres de nuevos
guerreros y esclav@s. La maternidad patriarcalizada se
institucionaliza para el mantenimiento de este orden social. Como decía
Amparo Moreno (25):
Sin una madre patriarcal que inculque a
las criaturas ‘lo que no debe ser’ desde su más tierna infancia, que
bloquee su capacidad erótico-vital y la canalice hacia ‘lo que debe
ser’, no podría operar la Ley del Padre que simboliza y desarrolla de
una forma ya más minuciosa ‘lo que debe ser’ (…) No en vano el tabú del
incesto, que bloquea la aspiración a la confusión con la ‘carne de mi
carne’, es el gran cancerbero del sistema jerárquico que sirve
para transmutar las relaciones de tú a tú, en relaciones reglamentadas
de acuerdo con el sistema jerárquico-expansivo patriarcal.
La entrada de la mujer en los espacios
públicos y su salida al mercado de trabajo se está haciendo a costa de
negar nuestros cuerpos y nuestra sexualidad. Sin embargo, como explica
la norteamericana Jean Liedloff (26), durante milenios las mujeres han
trabajado con sus hij@s colgados en sus cuerpos, práctica que hoy
también hemos perdido. Porque lo que es incompatible con la lactancia no
es el trabajo sino el trabajo asalariado con su disciplina rígida. Una
encuesta entre científicas norteamericanas recogía el siguiente
dato: estas mujeres habían hecho o terminado su tesis doctoral y su
trabajo específico como científicas durante el año de excedencia que
habían pedido por su maternidad… habían hecho su trabajo en casa, con el
bebé, en cambio ese trabajo creativo y no alienante no lo habían podido
hacer mientras ‘trabajaban’ en sus puestos oficiales de trabajo, a los
que no podían acudir con el bebé. No hay puestos de trabajo para mujeres
lactantes, y esto es una negación del cuerpo de la mujer y de su
derecho a su vida sexual. Paralelamente, la presión social y médica que
recibe una mujer para que destete prematuramente a su bebé
es inimaginable. Todo esto es posible porque es más fácil cuestionar la maternidad y cuestionar lo que nos pide el cuerpo (porque ya están cuestionados), que cuestionar las condiciones del trabajo asalariado capitalista (que no sólo ya no está cuestionado sino que ha conseguido que un puesto de su trabajo sea todo un logro social). Sin embargo, la robotización de la maternidad (la robotización de nuestros cuerpos) y su negación es una auténtica violencia contra nuestros cuerpos que provoca el desquiciamiento de todas las relaciones sociales, incluida la relación con el sexo masculino y con la infancia. Es extremamente importante reivindicar la maternidad como una etapa de nuestra vida sexual, por nosotras mismas y porque la líbido materna es lo que puede vertebrar una sociedad basada en la realización del bienestar. Sin madre no puede haber hermandad; el fratricidio es la consecuencia inmediata del matricidio, de la falta de madre. (27)
es inimaginable. Todo esto es posible porque es más fácil cuestionar la maternidad y cuestionar lo que nos pide el cuerpo (porque ya están cuestionados), que cuestionar las condiciones del trabajo asalariado capitalista (que no sólo ya no está cuestionado sino que ha conseguido que un puesto de su trabajo sea todo un logro social). Sin embargo, la robotización de la maternidad (la robotización de nuestros cuerpos) y su negación es una auténtica violencia contra nuestros cuerpos que provoca el desquiciamiento de todas las relaciones sociales, incluida la relación con el sexo masculino y con la infancia. Es extremamente importante reivindicar la maternidad como una etapa de nuestra vida sexual, por nosotras mismas y porque la líbido materna es lo que puede vertebrar una sociedad basada en la realización del bienestar. Sin madre no puede haber hermandad; el fratricidio es la consecuencia inmediata del matricidio, de la falta de madre. (27)
Cómo actúa el orden simbólico en el inconsciente femenino
Según Balint (23) la ruptura de la
simbiosis madre-criatura produce una herida psíquica muy importante que
alienta ansiedad, afecta a todo nuestro ser psicosomático y se vive como
un cuestionamiento de nuestra existencia.Lo simbólico actúa sobre esta
herida, para conformar la estructura psíquica, femenina o masculina, del
orden patriarcal. Esta formación psíquica producto del matricidio,
incluye una codificación falaz del deseo del cuerpo materno; Deleuze y
Guattari (28) lo llamaron edipización.
El orden simbólico patriarcal hace que,
muerta y desaparecida la madre, el cúmulo de deseo reprimido en la etapa
primal y a lo largo de la infancia, se interprete y codifique como
si fuesen deseos del falo, algo a resarcir y a saciar cuando se llegue
al estado adulto, y que todo lo reprimido y lo que anhelamos será
saciado en la fusión con otr@ adult@ del otro sexo. La falta del cuerpo a
cuerpo con la madre, no se dice ni se sabe, pero su anhelo se proyecta a
lo que vemos, desde nuestra soledad en la cuna: papá y mamá juntos en
la misma cama. Esta imagen, la del matrimonio o pareja, representa el
fin de la ansiedad y la realización del deseo, que se percibe y se
codifica como falocéntrico: como mamá con papá. Así es como nuestra
socialización y la formación de la ‘identidad’ quedan marcadas por
esta búsqueda de auto afirmación de nuestra existencia cuestionada, y
consiste en encontrar al hombre de tu vida, al príncipe azul, a la media
naranja, puesto que no sabemos qué pasó, ni nos podemos imaginar que
nuestra madre hubiera tenido que ser otra cosa, otro cuerpo, otro deseo.
Ahora bien, la codificación del anhelo no es el mismo para las niñas
que para los
niños.
niños.
Para la niña, la saciedad o la calma de
la herida está en la figura masculina, y toda su energía erótica se
dirige a esa figura. El cuerpo materno negado se generaliza en lo
más íntimo, en lo más hondo, en una desvalorización del cuerpo femenino.
Y el bloqueo de la energía erótica primaria se convierte en una
des-apreciación de la figura femenina, y en la búsqueda de la salvación
en el cuerpo masculino.
Esto es el orden simbólico que se
proyecta en el inconsciente de lo que vale el cuerpo del hombre y de lo
que vale el cuerpo de mujer; y esta desnaturalización de lo que vale
cada cual va a estar funcionando toda la vida. Porque todo esto se fija
en nuestra psique, y se fija con toda la fuerza de la ansiedad latente
del cuestionamiento de la existencia que sigue manando de la herida. Los
géneros, pues, se realizan para afirmar nuestra existencia cuestionada,
y se realizan negando el cuerpo femenino.
Las raíces del ego femenino y del ego
masculino están en lo más hondo del inconsciente, en la criatura que fué
herida en el comienzo por la falta de madre. Por eso los géneros no
son solo discursos culturales, sino que tienen profundas raíces
emocionales.
La imagen de la naranja, de las dos
mitades unidas, es una imagen falaz de nuestros deseos. Porque la
simbiosis es sólo un estado de la etapa primal, que es cuando
se necesita la fusión permanente para sobrevivir (para comer, para
movernos, para tener calor). El estado de simbiosis no es propio de la
adultez (podemos comer, andar etc. de forma autónoma), no necesitamos
estar las 24 horas del día acoplados, sino de fundirnos en momentos
concretos.
Por eso nunca estamos del todo
satisfechas. Porque ninguna pareja adulta podrá devolvernos el estado
simbiótico. Pero el mito está ahí manipulando la ansiedad de la
líbido reprimida, haciendo los roles, dando cuerda a los géneros, a lo
que se supone que es un hombre y a lo que se supone que es una mujer. Y
siempre la sensación de que no acabamos de ser queridas todo lo que
desearíamos, o de la forma que desearíamos.
La imagen de la fusión de las dos medias
naranjas no es inocente, porque además de proyectar una simbiosis que
no corresponde entre adult@s, da la idea de dos mitades que se
complementan recíprocamente, lo cual oculta la diversidad de la
sexualidad femenina, y deja la sexualidad no falocéntrica de la mujer en
el limbo de la inexistencia; no existe el mundo conceptual y simbólico
de la madre, de la verdadera mujer.
Y con la pretensión de una armonía
complementaria, el mito oculta también que el falocentrismo es una
imposición, y por tanto presupone una relación de dominación, de Poder y
sumisión entre los dos sexos. Un sexo que se afirma negando el otro.
El nombre del ‘padre’ y la patria potestad
Lo dicho sobre la imagen de la media
naranja no lo explica todo. Los publicistas saben que para afianzar un
producto en los hábitos cotidianos de consumo, además de la
persistencia de las campañas publicitarias hace falta algo material que
lo respalde. El falocentrismo debe entenderse como parte del Poder
adscrito al sexo masculino.
Decíamos al principio que está sociedad
comenzó con el sometimiento sexual de la mujer. Para lograrlo el
colectivo hegemónico de varones inventó un sistema concreto: otorgar
a cada uno de ellos una cuota de la potestad de la patria, lo que
todavía, y no por casualidad, en nuestro código civil se llama patria
potestas. Cada hombre tenía, por ser hombre, la potestad sobre la vida y
la muerte de su mujer, de la descendencia de su mujer y de
sus servidores. Esta pre-potencia adscrita al valor del sexo masculino
se interioriza, de tal manera, que la autoafirmación de la existencia y
la realización del ego masculino, llevan esa impronta. Por eso, en los
casos de extrema frustración sale en los hombre la extrema violencia
contra las mujeres, porque en su brotes de desesperación, cuando se
destapa la ansiedad de la herida y sienten su existencia cuestionada, se
autoafirman mostrando su derecho sobre su posesión (‘porque eres mía’,
‘porque es sólo mía y puedo hacer lo que
quiera’). Por eso la compleja mezcla de amor y violencia. Los hombres en su crispación no matan al jefe que les humilla o les despide, en cambio matan por celos (que en general no están ni siquiera justificados), porque cuando sienten que la mujer no es lo suficientemente sumisa lo que sienten es el cuestionamiento de la autoafirmación de su existencia, de su ego, que se manifiesta trágicamente como una unidad de Poder, con el asesinato.
quiera’). Por eso la compleja mezcla de amor y violencia. Los hombres en su crispación no matan al jefe que les humilla o les despide, en cambio matan por celos (que en general no están ni siquiera justificados), porque cuando sienten que la mujer no es lo suficientemente sumisa lo que sienten es el cuestionamiento de la autoafirmación de su existencia, de su ego, que se manifiesta trágicamente como una unidad de Poder, con el asesinato.
La pre-potencia masculina no es una
simple idea que está ahí; es un Poder material que ha estado presidiendo
la masculinidad, el concepto de hombre, la construcción de los
géneros. No es una ley escrita sobre el papel sino grabada en el
inconsciente colectivo, pertenece a un sistema de identidad con milenios
de rodaje, elaboración y asentamiento. Por eso no desaparece con los
cambios de legislación al respecto; y hombres que parecen pacíficos
y honestos, de pronto pegan, violan o asesinan a sus mujeres; les sale
de lo más hondo y de la autoafirmación de su ego masculino.
El nombre del ‘padre’ está cargado con
esta pre-potencia que está unida al falocentrismo; por eso la violencia
masculina es tan frecuentemente una violencia sexual. Al concepto
de padre no se le puede cambiar el contenido y reducirlo a una función
de amor, cuidado y protección como se pretende; no es neutro ni
reciclable. Es un concepto con toda su fuerza simbólica patriarcal
vigente (como se demuestra todos los días), y además es el
eje estructurador de nuestra psique. El mito de la media naranja lleva
dentro de facto una relación de sumisión al Poder del padre.
Bibliografia
(1) Melandri, Lea: La infamia originaria Ed.Ricou, Barcelona 1980
(2) Irigaray, Luce: El cuerpo a cuerpo con la madre la Sal ed. de les dones Barcelona 1985
(3) Muraro, Luisa: El orden simbólico de la madre (horas y Horas, Madrid 1994)
(4) Sau, Victoria: La maternidad: una impostura, m= f(p). Revista Duoda nº6, Barcelona 1994
(5) Ana Cachafeiro y yo hemos abordado la sexualidad femenina en nuestros libros La represión del deseo materno y la génesis del estado de sumisión inconsciente (MadreTierra 1996), El asalto al Hades (Traficantes de Sueños 2001), en el artículo ‘Matricidio y estado terapéutico’ del n° 25 de la revista Archipiélago, en el monográfico de la revista Ekintza Zuzena ‘La sexualidad de la Mujer’, y en la ponencia ‘Tender la urdimbre’ en el I Congreso Internacional sobre parto y nacimiento en casa, Jerez octubre 2000.
(6) Freud, Sigmond (1931) Sobre la sexualidad femenina Tomo III Obras Completas Ed. Biblioteca Nueva, Madrid 1968
(7) Ver la voz ‘útero’ en : Sau, Victoria Diccionario Ideológico Femenista Ed. Icaria, Barcelona 1989
(8) Sagan, D. Por qué las mujeres no son hombres, El País 02.08.1998
(9) Citados en: Anderson, B.S. y Zinsser,J.P. Historia de las Mujeres: una historia propia. Crítica, Barcelona 1991.
(10) Ver, por ejemplo la obra de Marija Gimbutas Diosas y dioses de la Vieja Europa, Madrid, Istmo 1991, y El lenguaje de la diosa Oviedo, Dove 1996. Las claves de la simbología neolítca se abordan en nuestro libro El Asalto al Hades.
(11) Ver Museo del Oro en Santa Fé de Bogotá
(12) Masters,W. y Johnsons,V. Human Sexual Response.Intermédica, México 1978.
(13) Merelo-Barberá, J. Parirás con placer. Kairós, Barcelona, 1980. México, 1986 (1ª
(14) De las Casas, Bartolomé. Historia de las Indias. Fondo de Cultura Económica, publicación 1552)
(15) Leboyer, F. El parto: crónica de un viaje. Alta Fulla, Barcelona 1998
(16) V.V.A.A. Mamatoto: la celebración del nacimiento. Plural ediciones, Barcelona 1992.
(17) Ibidem
(18) Odent, M. El bebé es un mamifero Ed. Mandala, Madrid 1990
(19) Odent, M. La cientificación del amor Ediciones Creavida, Argentina 1999
(20) Sendón de León, Victoria Más allá de Itaca Icaria Barcelona 1988, y también: Hoffman, A. LSD, cómo descubrí el ácido y qué pasó después en el mundo Gedisa Barcelona 1991.
(21) Unos versos mesopotámicos del III milenio a.c. dicen: Ninhursaga, única y grandiosa/contrae la matriz/Nintur que es una gran madre/desencadena el parto (recogido por Jacobsen, Thorkild. The Treasures of Darkness Yale Un. Press, 1976 Pg 108.) dando a entender que aquella mujer con un gran desarrollo de su sexualidad podía voluntariamente poner en marcha el movimiento de la matriz, para desencadenar el parto. Efectivamente en el movimiento de la diástole del latido de la matriz, se puede empujar amplificando dicho
latido. Es lógico dado que el tejido muscular del útero se compone de los dos tipos de fibras, la lisa y la estriada, con conexiones con el sistema nervioso voluntario e involuntario.
(22) Choisy, Maryse: La guerre des sexes Ed. Publications Premiéres 1970
(23) Balint, M. La Falta Básica Paidós, Barcelona 1993 (1ª publicación: Londres y Nueva York 1979)
(24) Bergman, Nils. Comunicación en las VI Jornadas sobre Lactancia Materna, Paris, marzo 2005, y también el documental Restoring the Original Paradigm.
(25) Carta de Amparo Moreno a la Asociación Antipatriarcal, Boletín nº 4, Madrid, 1989.
(26) Liedloff, Jean: El continuum concept Arkana-Penguin Group, USA 1986
(27) Sobre la organización social matrifocal pre-patriarcal, vertebrada desde lo maternal, ver el capítulo II de El Asalto al Hades (ver nota 5). Las fuentes son: de la antropología, Martha Moia, El no de las niñas laSal ed. de les dones, Barcelona 1981; de la literatura antigua, J.J. Bachofen Mitología arcaica y derecho materno ed. Anthropos, Barcelona (con la salvedad de la incorrecta traducción del ‘muterlich’ (maternal) y el ‘mutertum’ (lo materno) que casi por norma han sido traducidas por ‘matriarcal’; de la arqueología, por ejemplo la obra de Marija Gimbutas (ver nota 10). (28) Deleuze, G. y Guattari, F. El anti-edipo, capitalismo y esquizofrenia Paidós, Barcelona, 1985.
(2) Irigaray, Luce: El cuerpo a cuerpo con la madre la Sal ed. de les dones Barcelona 1985
(3) Muraro, Luisa: El orden simbólico de la madre (horas y Horas, Madrid 1994)
(4) Sau, Victoria: La maternidad: una impostura, m= f(p). Revista Duoda nº6, Barcelona 1994
(5) Ana Cachafeiro y yo hemos abordado la sexualidad femenina en nuestros libros La represión del deseo materno y la génesis del estado de sumisión inconsciente (MadreTierra 1996), El asalto al Hades (Traficantes de Sueños 2001), en el artículo ‘Matricidio y estado terapéutico’ del n° 25 de la revista Archipiélago, en el monográfico de la revista Ekintza Zuzena ‘La sexualidad de la Mujer’, y en la ponencia ‘Tender la urdimbre’ en el I Congreso Internacional sobre parto y nacimiento en casa, Jerez octubre 2000.
(6) Freud, Sigmond (1931) Sobre la sexualidad femenina Tomo III Obras Completas Ed. Biblioteca Nueva, Madrid 1968
(7) Ver la voz ‘útero’ en : Sau, Victoria Diccionario Ideológico Femenista Ed. Icaria, Barcelona 1989
(8) Sagan, D. Por qué las mujeres no son hombres, El País 02.08.1998
(9) Citados en: Anderson, B.S. y Zinsser,J.P. Historia de las Mujeres: una historia propia. Crítica, Barcelona 1991.
(10) Ver, por ejemplo la obra de Marija Gimbutas Diosas y dioses de la Vieja Europa, Madrid, Istmo 1991, y El lenguaje de la diosa Oviedo, Dove 1996. Las claves de la simbología neolítca se abordan en nuestro libro El Asalto al Hades.
(11) Ver Museo del Oro en Santa Fé de Bogotá
(12) Masters,W. y Johnsons,V. Human Sexual Response.Intermédica, México 1978.
(13) Merelo-Barberá, J. Parirás con placer. Kairós, Barcelona, 1980. México, 1986 (1ª
(14) De las Casas, Bartolomé. Historia de las Indias. Fondo de Cultura Económica, publicación 1552)
(15) Leboyer, F. El parto: crónica de un viaje. Alta Fulla, Barcelona 1998
(16) V.V.A.A. Mamatoto: la celebración del nacimiento. Plural ediciones, Barcelona 1992.
(17) Ibidem
(18) Odent, M. El bebé es un mamifero Ed. Mandala, Madrid 1990
(19) Odent, M. La cientificación del amor Ediciones Creavida, Argentina 1999
(20) Sendón de León, Victoria Más allá de Itaca Icaria Barcelona 1988, y también: Hoffman, A. LSD, cómo descubrí el ácido y qué pasó después en el mundo Gedisa Barcelona 1991.
(21) Unos versos mesopotámicos del III milenio a.c. dicen: Ninhursaga, única y grandiosa/contrae la matriz/Nintur que es una gran madre/desencadena el parto (recogido por Jacobsen, Thorkild. The Treasures of Darkness Yale Un. Press, 1976 Pg 108.) dando a entender que aquella mujer con un gran desarrollo de su sexualidad podía voluntariamente poner en marcha el movimiento de la matriz, para desencadenar el parto. Efectivamente en el movimiento de la diástole del latido de la matriz, se puede empujar amplificando dicho
latido. Es lógico dado que el tejido muscular del útero se compone de los dos tipos de fibras, la lisa y la estriada, con conexiones con el sistema nervioso voluntario e involuntario.
(22) Choisy, Maryse: La guerre des sexes Ed. Publications Premiéres 1970
(23) Balint, M. La Falta Básica Paidós, Barcelona 1993 (1ª publicación: Londres y Nueva York 1979)
(24) Bergman, Nils. Comunicación en las VI Jornadas sobre Lactancia Materna, Paris, marzo 2005, y también el documental Restoring the Original Paradigm.
(25) Carta de Amparo Moreno a la Asociación Antipatriarcal, Boletín nº 4, Madrid, 1989.
(26) Liedloff, Jean: El continuum concept Arkana-Penguin Group, USA 1986
(27) Sobre la organización social matrifocal pre-patriarcal, vertebrada desde lo maternal, ver el capítulo II de El Asalto al Hades (ver nota 5). Las fuentes son: de la antropología, Martha Moia, El no de las niñas laSal ed. de les dones, Barcelona 1981; de la literatura antigua, J.J. Bachofen Mitología arcaica y derecho materno ed. Anthropos, Barcelona (con la salvedad de la incorrecta traducción del ‘muterlich’ (maternal) y el ‘mutertum’ (lo materno) que casi por norma han sido traducidas por ‘matriarcal’; de la arqueología, por ejemplo la obra de Marija Gimbutas (ver nota 10). (28) Deleuze, G. y Guattari, F. El anti-edipo, capitalismo y esquizofrenia Paidós, Barcelona, 1985.
Fuente: Casilda Rodrigáñez Bustos


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